Una noche junto a la selva

Oscuridad completa.

No podía dormir. Nunca lo hacía a las 12; siempre esperaba a que llegara la 1 o 2 de la mañana. Simplemente no podía. Y ese día sería igual.

Pero, había una pequeña diferencia: toda luz había perdido su energía. Eran las 11.30 y estaba en una oscuridad total; de esas que parecieras tener los ojos cerrados aunque estén bien abiertos.

Ni una sola luz cerca pero sí una gran cantidad de sonidos.

Mis oídos parecían haberse intensificado mientras mis ojos intentaban adaptarse a la penumbra. A lo lejos cánticos y voces. Un pez que saltó en el agua. Sapos, ranas sobre el agua. Unos perros aullando. Y, en medio de toda esa maraña de voces animales, un millón de grillos; parecían que estuviesen al lado mío. Pero sabía perfectamente que en la habitación no había absolutamente nada. Nada más que oscuridad.

Mis ojos comenzaron a adaptarse a la negrura. Dejaban de estar enceguecidos. Comenzaban a ver pero no era la luz del día. Eran las sombras de los objetos, de los árboles a la lejanía y en el techo de calamina: brillos. Brillos del río de la selva.

La única luz que acompañaba la orquesta de sonidos que pronto fue disminuyendo. No, era yo. Me dormía, ahí, en el hotel junto a la selva.

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Esta luz lejana es de varias horas después… al amanecer.

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